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domingo, 22 de noviembre de 2015

TRANSFORMACIONES






   Este retrato es una reforma de otro que pinté hace años. Últimamente me da por transformar lo ya pintado. La insatisfacción es pues mi modo actual de vida. Observo los cuadros repartidos por la casa con ojos de verdadero ejecutor y he de decir que algunos, a Dios gracias, son perdonados y salvados si no de la muerte (por imprimación), si de una transformación profunda. Sin embargo, el resto forma parte de una larga lista de espera cuyo destino no es otro que su desaparición. Y es que el tiempo permite esa distancia necesaria para olvidar la pertenencia de las obras, erigiéndose entonces como juez implacable y hasta cruel de todo lo que se ha creado.

    Pero esta crueldad de la que hablo tiene raíces más profundas, tiene que ver con este aislamiento de pintora aficionada, con esta soledad de pueblo pequeño donde no hay sustento suficiente para crecer, de la vida pequeña en familia, de la madre soltera que soy de estos hijos que han hecho de mis brazos extensiones del deseo. Es el cansancio de todos los días y ese silencio alrededor de lo que hago, roto de vez en cuando por unos cuantos (a los que debo lo poco que hago). Es, en fin, la imposibilidad del intercambio y del estímulo que forma parte de la vida cotidiana.

    Y sin embargo pinto, sigo pintando sin tiempo y sin apenas espacio, como una tarea heroica y en ocasiones para mi incomprensible, como un Sísifo obcecado. Pero no sé salir de las cuatro paredes de este estudio, me supera la posibilidad de llamar la atención para ser mirada, el uso masivo de las redes, la vida social en exceso, el estudio del mercado. Así que voy acumulando mis retratos obsesivos y marrones en los muebles y paredes de mi casa, la mayoría de ellos mirándome sin ojos, convirtiéndose en testigos mudos de mi pequeña vida y en posibles reos acusados de la imperfección que no soporto.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

MANCHAS






    Cepa



Cerezo



 Chopo





Todo empieza en una mancha, un gesto cargado de materia, en la extensión del color. Más tarde se superpondrán las capas y las veladuras hasta dar con la realidad o con su espejo.

Yo quería, en este verano donde todo se me resiste, pintar árboles. No las hojas, no la vida que se muestra en las venas y nudos de los tallos nuevos. Yo quería pintar troncos, troncos de árboles muertos, cepas, sarmientos arrancados enroscados en sí mismos donde la vida se perpetúa oscura, silente en los insectos que la pueblan, en las bacterias invisibles que transforman la estructura imprimiéndole otro ritmo, también vital pero distinto, inverso, la respiración sorda de un cadáver que ya es madera, edificio habitado por criaturas ciegas que  lo esculpen desde dentro convirtiendo el gris, el pardo seco en hermosas astillas de un rojo inacabado que se adivina en las heridas. 

Yo quería pintar árboles muertos, laberintos de troncos y cortezas, el grito de las ramas al sol de media tarde… pero fue inútil. Montones de papeles y cuadernos fueron desechados, los dibujos revelaban la impostura y mi impotencia. Decidí entonces deshacer el camino andado despojando el objeto de artificios, desmontando capas, abandonando laberintos y caminos trillados para volver al mismo sitio donde empecé para encontrar el primer gesto, el primer pulso vital revelador de la estructura original, el ritmo del objeto deseado, que se mezclaba sin quererlo con el mío, mientras yo observaba también latiendo y respirando el aire que él no me pedía.

Busqué atrapar el instante, el latido que bombea la sangre que no está, el organigrama básico que dibuja el tiempo, la anatomía de un instante preciso que nos arrastra a la vida, aunque uno ya esté muerto…

Así que eso fue lo que salió después de un verano viviendo entre los árboles… pequeñas manchas entintadas como si sus troncos emergieran de un cuenco de leche, o como si alguien hubiera logrado cortar una sección milimétrica mostrando su estructura en la planicie de un papel, sin capas, sin veladuras, porque el inicio, no sólo el final,  se acerca a la realidad.