sábado, 24 de septiembre de 2016

De las bibliotecas volantes







Las bibliotecas siempre fueron espacios intranquilos, con la violencia latente de una explosión contenida. No son reductos del saber ni lugares de paz porque el pasado que aguarda en sus volúmenes, disecado y ronco, está siempre preparado para saltar sobre los ojos de cualquiera en cuanto las páginas se abren con el fin de rehidratarse, de nutrirse de aquel que siendo vivo lee desde lejos la memoria de los muertos. Sobre las bibliotecas siempre hay otro espacio, un lugar invisible de voces estampadas en negro sobre blanco, esperando quietas a existir en un lector, dueñas de una profundidad insoslayable y nunca reconocida que se asienta en la imaginación y en los estómagos de quienes se aventuran a leer porque quizás no sepan o no quieran intentar otra manera de vivir.

   Por eso las bibliotecas vuelan...

El movimiento empieza de forma repentina: una hoja arrancada empieza a caer suavemente desde arriba, marcando un ritmo acompasado que señala el momento previo a la explosión. A veces, la biblioteca estalla y el instante se detiene con la misma paz que encontramos cuando todavía el desastre no estaba presentido.


Vuelan porque en ellas se esconde una secreta llamada a la batalla. Porque el conocimiento que las bibliotecas prometen no fue nunca un área de reposo ni una tarea dulcificada, pues el saber se convierte en la tarea más íntima y silenciosa que en el hombre existe, más profunda y solitaria. Un diálogo con aquello que no está, con lo imaginado y sus señales, que convierten la tarea de la lectura en un acto religioso, como las iglesias rotas y caóticas en las que se depositan, formando parte de un altar o de una ceremonia, los libros.














sábado, 16 de enero de 2016

Vacío 11:52





Yo,

    un hombre solo...

…he decidido al fin que hoy será un hoy para siempre, y que mi gesto sea el último del hombre libre, que mi voz se apague en el reducto inabarcable en el que se detendrá el tiempo, y que la tuya, era inevitable, sea mi última palabra.

Pero no me sigas, ni me digas “vuelve”…

… porque hoy deseo  que la piedra que sostengo se erosione hasta convertirse en cielo, que la tierra se abra y sea ella quien me bese y que arriba queden las risas y los niños, las playas y los barcos y yo quede abajo, tan abajo que sólo quede el blanco, el límite del mundo donde nunca ocurre nada. 


Y sentir por fin aquella paz que no eres tú…

domingo, 22 de noviembre de 2015

TRANSFORMACIONES






   Este retrato es una reforma de otro que pinté hace años. Últimamente me da por transformar lo ya pintado. La insatisfacción es pues mi modo actual de vida. Observo los cuadros repartidos por la casa con ojos de verdadero ejecutor y he de decir que algunos, a Dios gracias, son perdonados y salvados si no de la muerte (por imprimación), si de una transformación profunda. Sin embargo, el resto forma parte de una larga lista de espera cuyo destino no es otro que su desaparición. Y es que el tiempo permite esa distancia necesaria para olvidar la pertenencia de las obras, erigiéndose entonces como juez implacable y hasta cruel de todo lo que se ha creado.

    Pero esta crueldad de la que hablo tiene raíces más profundas, tiene que ver con este aislamiento de pintora aficionada, con esta soledad de pueblo pequeño donde no hay sustento suficiente para crecer, de la vida pequeña en familia, de la madre soltera que soy de estos hijos que han hecho de mis brazos extensiones del deseo. Es el cansancio de todos los días y ese silencio alrededor de lo que hago, roto de vez en cuando por unos cuantos (a los que debo lo poco que hago). Es, en fin, la imposibilidad del intercambio y del estímulo que forma parte de la vida cotidiana.

    Y sin embargo pinto, sigo pintando sin tiempo y sin apenas espacio, como una tarea heroica y en ocasiones para mi incomprensible, como un Sísifo obcecado. Pero no sé salir de las cuatro paredes de este estudio, me supera la posibilidad de llamar la atención para ser mirada, el uso masivo de las redes, la vida social en exceso, el estudio del mercado. Así que voy acumulando mis retratos obsesivos y marrones en los muebles y paredes de mi casa, la mayoría de ellos mirándome sin ojos, convirtiéndose en testigos mudos de mi pequeña vida y en posibles reos acusados de la imperfección que no soporto.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

MANCHAS






    Cepa



Cerezo



 Chopo





Todo empieza en una mancha, un gesto cargado de materia, en la extensión del color. Más tarde se superpondrán las capas y las veladuras hasta dar con la realidad o con su espejo.

Yo quería, en este verano donde todo se me resiste, pintar árboles. No las hojas, no la vida que se muestra en las venas y nudos de los tallos nuevos. Yo quería pintar troncos, troncos de árboles muertos, cepas, sarmientos arrancados enroscados en sí mismos donde la vida se perpetúa oscura, silente en los insectos que la pueblan, en las bacterias invisibles que transforman la estructura imprimiéndole otro ritmo, también vital pero distinto, inverso, la respiración sorda de un cadáver que ya es madera, edificio habitado por criaturas ciegas que  lo esculpen desde dentro convirtiendo el gris, el pardo seco en hermosas astillas de un rojo inacabado que se adivina en las heridas. 

Yo quería pintar árboles muertos, laberintos de troncos y cortezas, el grito de las ramas al sol de media tarde… pero fue inútil. Montones de papeles y cuadernos fueron desechados, los dibujos revelaban la impostura y mi impotencia. Decidí entonces deshacer el camino andado despojando el objeto de artificios, desmontando capas, abandonando laberintos y caminos trillados para volver al mismo sitio donde empecé para encontrar el primer gesto, el primer pulso vital revelador de la estructura original, el ritmo del objeto deseado, que se mezclaba sin quererlo con el mío, mientras yo observaba también latiendo y respirando el aire que él no me pedía.

Busqué atrapar el instante, el latido que bombea la sangre que no está, el organigrama básico que dibuja el tiempo, la anatomía de un instante preciso que nos arrastra a la vida, aunque uno ya esté muerto…

Así que eso fue lo que salió después de un verano viviendo entre los árboles… pequeñas manchas entintadas como si sus troncos emergieran de un cuenco de leche, o como si alguien hubiera logrado cortar una sección milimétrica mostrando su estructura en la planicie de un papel, sin capas, sin veladuras, porque el inicio, no sólo el final,  se acerca a la realidad.


domingo, 16 de agosto de 2015

Torre de Babel




No puedo decir que fuera de un día para otro, pero cuando vuelvo al pasado éste se espesa en una densa bruma incomprensible y no acierto a comprender cuándo empezó todo, o al menos en qué momento sobrevino esa revelación terrible, esa convicción que se quedó calada (dormida) en los huesos, agazapada en un rincón del alma presta a saltar en cualquier momento, atenta a cualquiera de los movimientos de él, como un juez desalentado y triste…

Sigo sin saber cuándo pero en algún momento me llegó a la conciencia la intuición de su extravío, de la locura ya asentada, que estaba allí conmigo, a mi lado, dándome pequeñas (o grandes) señales del destierro, caótica y mordaz, brutal a veces, que arrancaba piel y carne   para convertirse en inmensa roca, impermeable en sus inicios, levantando sobre ella una enorme torre de Babel, incomprensible y violenta en la extraña yuxtaposición de sus partes.

Y yo, que tantas veces me había asomado a la locura, contemplando con placer morboso el vértigo que produce la distancia, me la encontré de frente, como si la hubiera invocado alguna vez, devastadora y terriblemente simple en sus principios… y sin querer quise salvarle, comprender para curarle, trazando direcciones lógicas entre partes separadas de aquella Babel deconstruida…  Y sólo conocí una fortaleza intangible, inexpugnable, imposible…  una soledad inmensa de mármol o granito.

Y yo me fui, abandoné, allí quedó sola mi Babel gigante, flotando a la deriva en su isla de piedra, mirando para siempre el cielo azul desde sus ventanas ciegas…

jueves, 18 de junio de 2015

EL POZO DE LOS LIBROS

   Cuando empecé está ilustración quería parecerme a un insecto. Permanecer en el suelo mientras contemplaba una enorme pila de libros revueltos creciendo como una montaña. Arriba, muy alto, donde apenas si se podía adivinar, estaría Marta, la niña protagonista del cuento que leía, tranquila, en las alturas, como un personaje de Fiedrich ante el abismo.

   Y como podéis ver a través del resultado, me salió todo lo contrario. La pila no se elevaba sino que se hundía mientras la niña continuaba leyendo con total tranquilidad sentada en el mismo montón de libros. Poco a poco, después de varios intentos frustrados, empecé a aceptar esta nueva perspectiva e incluso a desearla escarbando la hoja con el grafito para crear sombras, modificando la estructura original al proyectarla hacia abajo para recoger todos esos libros que no sólo no se elevaban unos sobre otros sino que se acogían a una dulce inercia en la que resbalaban y se expandían cada vez más en el espacio.

  Fue entonces cuando la escalera apareció convirtiendo la ilustración en un habitáculo, en un extraño pozo donde los volúmenes rumiaban pacíficos en su caótico desorden, lejos, muy lejos de las racionales bibliotecas donde solemos encriptarlos. Y comprendí en ese momento que Marta, la niña que lee, realmente lo estaba haciendo, concentrada, silenciosa, las letras hundiéndose en sus ojos y las palabras en ella,  fuera del mundo, de este mundo porque estaba en otro que quizás se reflejaba en las sombras apenas perceptibles de las paredes del pozo de los libros.

   La ilustración se convirtió de esta manera, de forma puramente accidental, en un secreto homenaje a los niños que leen, a los que crecimos solitarios entre los libros, siempre hacia dentro, más allá del exterior donde todo ocurre.


... y entonces dejé, para poder seguir mirando, que al insecto le crecieran alas...






viernes, 5 de junio de 2015

UNA CUESTIÓN DE PERSPECTIVAS






    Tanto  las ilustraciones como el relato de Marta y el baúl se mantienen en una especie de limbo que escapa a toda suerte de categorías. Es un libro que pueden leer niños mayores y también adultos y por ende, las ilustraciones, inspiradas en la lectura de un relato que se resiste a ser limitado, tampoco pueden ser consideradas dentro del concepto "infantil". Una mujer adulta cuenta su vida, no siempre fácil y exenta de amargura a una niña que amenaza con crecer y despertar al mundo. Es por eso que los dibujos no escapan tampoco del tono nostálgico de la lectura, de ahí la falta de sonrisas, tan típicas de los cuentos infantiles y el blanco y negro constituido en un lenguaje propio del pasado...


     Y sin embargo la concepción final del libro si ha conseguido atrapar ese espíritu infantil del juego, y efectivamente ha jugado con las ilustraciones, convirtiéndolas a veces en rompecabezas para intentar adivinar dónde se sitúa en el dibujo principal la figura separada que encabeza cada capítulo, o arrancando dichas figuras de su contexto habitual y confundiendo al lector que intenta identificar su verdadero significado... y sobre todo, las ilustraciones han jugado a situarse en las diversas perspectivas, invitando al lector a mirar desde el techo, a la manera de un espía que da caza a dos amantes, o a imaginarse él mismo siendo un insecto en una biblioteca desierta, o siendo testigo de un final en el que una ciudad entera se deshace mientras contempla el amor incombustible de la tía y la sobrina...


    Juego hay en los homenajes a las lecturas de Kafka, las Bibliotecas de Borges, las perspectivas múltiples de Escher y los relatos de Lewis Carroll. Juego inevitable de aquellos que siguen alargando la infancia...










            







Uno de los dibujos principales, El pozo de los libros, y la figura extraída del contexto que encabeza el capítulo.